lunes, 21 de enero de 2019

Resistencias nacionalistas a los estudios sobre nacionalismo


Los estudios sobre nacionalismo son muy puñeteros. Explican cosas desagradables que no son fáciles de asumir. Estamos ante el mismo problema que tendría cualquiera que fabricase y vendiese motores térmicos, o carburante, y alguien le viniera con las tesis científicas sobre el cambio climático. Si yo fuera esa persona, no dudo de que esas tesis me podrían disgustar y las acabaría probablemente rechazando, básicamente por interés: me fastidiaría el negocio y los privilegios consolidados. Piensen en Trump.

Como les decía, pasa lo mismo con los estudios sobre nacionalismo. Desde hace unos 30 años, éstos vienen explicando (cada vez con un consenso mayor) que al lado (o enfrente) de los nacionalismos que tradicionalmente todos, sin ser expertos, veníamos señalando y viendo, me refiero a los nacionalismos sub-estatales (tipo catalán o vasco) y a los nacionalismos de extrema derecha (tipo Frente Nacional francés o Vox), hay también un nacionalismo de Estado.

Esta es una tesis científica (insisto: científica, pues no se trata de algo opinable, como lo explicaré) que suele disgustar mucho al ciudadano medio educado en un Estado nación, como el español, en la convicción de que el nacionalismo es cosa de los catalanes/vascos o del franquismo (o de Vox ahora). Por esa razón ni el ciudadano medio ni su Estado serían nacionalistas. Tal es lo que trata de explicar J. M. Ruiz Soroa en un artículo publicado hace unos días en El País (“Identificación nacional”) en el que escribe explícitamente contra “recientes [los hay menos recientes, pero bueno] estudios sobre el nacionalismo español”. Y ello, todo sea dicho, con muy pobres argumentos, como ahora veremos.

Su primera crítica a los estudios (no cita ni uno de ellos, no sea que se les dé publicidad…) es la siguiente. Dice que “confunde[n] dos realidades muy diversas y, sobre todo, convierte[n] en inexplicable la existencia y perduración de España como comunidad política”. Y es que, prosigue (permítaseme citarlo en toda su extensión): “Por un lado, no tiene[n] en cuenta que el nacionalismo incluye necesariamente un elemento dogmático o doctrinal característico, el de la exclusividad. Las naciones de los nacionalistas son por definición excluyentes de cualquier otra, de manera que una persona y un territorio sólo pueden corresponderse con una nación. Esta exclusividad se traduce en la noción de soberanía, entendida a la manera antigua de Bodino: la nación aspira a ser soberana, a constituirse como la última y única fuente de poder constituyente para una sociedad concreta. En términos más concretos, una persona no puede ser a la vez nacionalista española y nacionalista vasca”.

Lleva razón Ruiz Soroa al referirse a la exclusividad de la soberanía como marca o aspiración del nacionalismo (del nacionalismo periférico con mayor ambición, si somos precisos). Bien, ¿y qué vemos en España? Pues precisamente eso: que hay un nacionalismo español que entiende que su soberanía es exclusiva tanto respecto de otros Estados (la soberanía francesa es francesa, la española, española) como respecto de aquellos territorios que forman parte del Estado español, a los que por activa y por pasiva se les viene explicando que ellos tienen autonomía y que bajo ningún concepto pueden aspirar a la soberanía. De modo que sí: un ciudadano puede ser nacionalista español y nacionalista vasco al mismo tiempo desde esa misma lógica de jerarquización nacional: tendría así una nación política (única soberana) y una nación del terruño, la patria chica, una nación cultural, vaya (sin soberanía, y ni se le ocurra pedirla…).

El resto de su artículo discurre por los mismos derroteros, insistiendo en el argumento de las identidades duales o doble identificación nacional que las encuestas revelan en España. Este argumento (muy sobrevalorado) no prueba nada de lo que pretende el autor, desde el momento en que, como he dicho en el párrafo anterior, es perfectamente coherente una identificación doble (o múltiple) siempre que se encuentre jerarquizada, esto es, siempre que una de las dos identidades nacionales corresponda a una nación política (la española) y la otra a una nación cultural (las nacionalidades del art. 2 CE). Es por lo demás esto algo que se encuentra muy estudiado en la literatura especializada (véase Thiesse para el caso francés, por ejemplo): el nacionalismo de Estado no ha dudado en utilizar los regionalismos y localismos varios para facilitar y hacer más eficaz y rápida su política de nacionalización. Es una manera de nacionalizar sin despertar resistencias locales, en la medida en que no se le pide a la población que abandone bruscamente su identidad cultural, su lengua, sus costumbres, etc., para entrar en la nación común del Estado. Dicho de otra manera, es una forma eficaz de despolitizar una dimensión cultural que, politizada, es precisamente generadora de nacionalismos sub-estatales.  

El caso es que Ruiz Soroa explica con semejantes argumentos que los estudios especializados se equivocan. Llega incluso a utilizar una tesis que prueba lo contrario de lo que afirma en su artículo… En él dice, de la mano en esto de los expertos del tema, que “por ser la de nación una realidad social construida o imaginada sobre la base de sentimientos e ideas, no una realidad objetiva derivada de datos naturales […]”. Aquí el autor retoma la tesis científica constructivista, dominante entre los estudiosos, que nos dice que las naciones son siempre construidas, no fenómenos naturales. Pues bien, tiremos de este hilo: ¿qué significa que las naciones son construidas a efectos de probar, como desea el autor, que no hay un nacionalismo español de Estado y socialmente extendido? Lo que esa tesis explica es que las naciones son ficciones construidas, imaginadas (por élites nacionalistas, huelga decirlo), que trabajan selectivamente con un material (cultura, historia, lengua, etc.) que van manipulando, modelando y deformando con el fin de hacer que esa “comunidad imaginada” convenza al mayor número de conciudadanos. Convencerlos es muy fácil cuando un Estado dispone de una amplia gama de recursos (educación, medios de comunicación, ejército, y un largo etcétera) que le permite educar y socializar a los ciudadanos desde su más tierna infancia –es decir, sin que tengan autonomía intelectual para resistir- en la creencia nacional, en la convicción de que ese lugar en el que desarrollan sus vidas es su nación.

Si esto es así (y así es, en efecto, no es una opinión, sino algo –los procesos de nacionalización o nation-building- verificado y verificable), entonces no puede haber nación sin nacionalismo. Tiene que haber necesariamente un nacionalismo que cree la nación (Ruiz Soroa parece admitir esto), pero también tiene que haberlo para que el proceso de nacionalización (que es un trabajo que se reinicia con cada generación) una vez la nación creada y organizada como Estado. Sin ese nacionalismo de Estado, lo normal sería que la nacionalización fuese ineficaz y surgieran con más facilidad resistencias a la nación común en los diferentes territorios. Cuanto más falla la nacionalización del Estado (y esto es algo que se confirma a poco que se mire lo que sucede en el País Vasco y Cataluña, con una nacionalización española deficiente, y se compare con otras comunidades, Galicia o Andalucía, con una nacionalización española muy eficaz), más probabilidades hay de que la nación del Estado sea discutida.

Ruiz Soroa se equivoca de cabo a rabo: la nación española se mantiene fuerte porque tiene precisamente un nacionalismo sólido y bien arraigado, no porque no tenga un auténtico nacionalismo de Estado. Pero claro, le conviene decir que no lo hay. Primero porque es muy desagradable descubrirse nacionalista (y con cierta edad quizás más) cuando uno ha pensado toda la vida no serlo, sobre todo teniendo en cuenta el olor a azufre que desprende el nacionalismo en nuestro imaginario o nuestra representación dominante: es el mal absoluto, la guerra, la exclusión, etc. Y segundo, porque al haber en España nacionalismos sub-estatales peleones (qué coincidencia, ¿no les parece?) es mucho más práctico (y mejor para el nacionalismo de Estado) manejar un concepto tan peyorativo de nacionalismo, pues permite al mismo tiempo hacer que sea más verosímil la posición “no-nacionalista” reivindicada por el Estado y sus intelectuales (no puede ser que nosotros, los constitucionalistas, seamos tan malos y se nos identifique con el franquismo o la extrema derecha) y desacreditar al adversario político sin necesidad siquiera de decir una sola palabra (si el catalán es un nacionalismo, y el nacionalismo es el mal y la guerra, etc., nada bueno se puede pensar de él).

Y fíjense qué útil es esto para los intereses del nacionalismo de Estado. Lo explica Félix Ovejero en otro artículo reciente, publicado en El Mundo (“Se puede y de debe”): si el nacionalismo (siempre periférico o de extrema derecha en la lógica mencionada) es un mal, entonces se puede y se debe combatir ese mal. Sería en opinión de Ovejero una obligación moral tratar de eliminar el nacionalismo catalán y vasco (¿ven cómo los otros nacionalismos –más bien regionalismos- no molestan al nacionalismo español?).

Pues bien, imagínense ahora por un instante que Ruiz Soroa y Ovejero se equivocan (si hacemos caso a los expertos del nacionalismo, se equivocan) y que sí hay un nacionalismo de Estado español. Si esto se reconociese, lo más probable es que nadie en el nacionalismo español tuviera ganas de verse definido de manera tan negativa. Algo encontraría con toda seguridad (ése el sentido del socorrido recurso a los términos “patriotismo” o “constitucionalismo”) para verse algo mejor ante el espejo. Pero, al hacer eso, tendría que reconocer que su adversario político ni es el mal encarnado ni tiene un proyecto muy diferente del suyo propio. Vaya, que ambos proyectos son legítimos en democracia. Claro, la tesis de Ovejero de la obligación moral caería entonces por su propio peso. Y hasta podría darse el caso –quién sabe- de que una vez reconocido que enfrente del nacionalismo catalán o vasco hay un auténtico nacionalismo español de Estado, pudiese abrirse camino el diálogo desde el respeto y la consideración mutua. 




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